En una confesión que sacudió a la comunidad cripto, Brad Garlinghouse, CEO de Ripple, reveló que en 2020 él y el cofundador Chris Larsen estuvieron muy cerca de tomar la decisión más difícil: cerrar la empresa. Todo esto como respuesta directa a la demanda que la SEC interpuso contra Ripple ese año, alegando que XRP era un valor no registrado.

Garlinghouse explicó que el panorama era sombrío y que bajar la persiana parecía una opción real sobre la mesa. Sin embargo, ambos líderes decidieron enfrentar el proceso legal, apostándole a demostrar que XRP no era lo que el regulador decía.

La pelea duró años y terminó con resultados mixtos pero favorables en varios puntos clave para Ripple. Hoy, con ese capítulo casi cerrado, la revelación cobra un nuevo peso: si hubieran tomado el otro camino, uno de los proyectos más influyentes del ecosistema cripto simplemente habría desaparecido. Una historia que recuerda lo frágil que puede ser incluso el gigante más establecido cuando el regulador toca a su puerta.