Hay una comparación que debería incomodar a cualquier entusiasta de la tecnología: el cerebro humano, con toda su complejidad, consume apenas 20 vatios para funcionar. Una bombilla de bajo consumo. En cambio, los sistemas de inteligencia artificial que hoy mueven el mercado cripto, generan contenido y procesan transacciones a escala global requieren una cantidad de energía que rivaliza con ciudades medianas enteras.
Esto no es un dato anecdótico. Los centros de datos que sostienen la IA ya están presionando redes eléctricas en Estados Unidos, Europa y Asia. Gigantes como Microsoft y Google han tenido que reactivar plantas nucleares o firmar contratos energéticos de décadas solo para alimentar sus modelos.
Para Colombia, el asunto es todavía más delicado. Con una red eléctrica que ya muestra tensiones en temporadas de sequía y una infraestructura que no da para grandes lujos, el país debería estar teniendo conversaciones serias sobre qué parte de esta revolución tecnológica podemos sostener realmente.
El cripto ya pasó por este debate con el minado de Bitcoin. Ahora la IA lo reabre con más fuerza. Y esta vez las cifras son más grandes.